Notas de Elena G. White

17 DE FEBRERO

EL IMPACTO DE DIEZMAR

Cristo guardara los nombres de todos los que no consideran ningún sacrificio demasiado costoso para ofrecerlos a el sobre el altar de la fe y el amor. Él lo sacrifico todo por la humanidad caída. Los nombres de los que son obedientes, los que se sacrifican y los fieles estarán esculpidos en las palmas de sus manos; no serán vomitados de su boca, sino que serán tornados en sus labios y el rogara especialmente en favor de ellos ante el Padre. Cuando los egoístas y orgullosos sean olvidados, ellos serán recordados y sus nombres serán inmortalizados. A fin de ser felices, debemos vivir para hacer felices a otros. Es bueno que presentemos nuestras posesiones, nuestros talentos y nuestros afectos en una agradecida devoción a Cristo, y en esa forma encontraremos felicidad aquí y una gloria inmortal en el más allá (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 358).

Cuando Cristo, la esperanza de gloria, este formado en el interior, entonces la verdad de Dios actuara de tal manera sobre el temperamento natural que su poder transformador se manifestara en un carácter transformado. Entonces no cambiareis la verdad de Dios en una mentira… al revelar un corazón y temperamento no santificado. Ni tampoco daréis, por un espíritu egoísta y contrario a Cristo, la impresión de que su gracia no es suficiente para vosotros en todo tiempo y lugar. Demostrareis que la autoridad de Dios sobre vosotros no es de nombre solamente, sino real y efectiva (Consejos para los maestros, p. 186).

Dios nunca se ha quedado sin testigos en la tierra. En un tiempo, Melquisedec represento al Señor Jesucristo en persona para revelar la verdad del cielo y perpetuar la ley de Dios.

Fue Cristo quien hablo por medio de Melquisedec, el sacerdote del Dios altísimo. Melquisedec no era Cristo, sino la voz de Dios en el mundo, el represente del Padre. Y a través de todas las generaciones del pasado, Cristo ha hablado; Cristo ha guiado a su pueblo y ha sido la luz del mundo. Cuando Dios eligió a Abrahán como representante de su verdad, lo saco de su país, lo alejo de su parentela y lo aparto. Deseaba modelarlo de acuerdo con su propio modelo. Deseaba ensenarle de acuerdo con sus propios planes (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, pp. 1106, 1107).

El Señor dice: “Mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales que hay en los collados”. “Mía es la plata, y mío el oro”. “Él te da el poder para hacer las riquezas”. Salmos 50:10; Hageo 2:8; Deuteronomio 8:18. En reconocimiento de que todas estas cosas procedían de él, Jehová mando que una porción de su abundancia le fuese devuelta en donativos y ofrendas para sostener su culto (Patriarcas y profetas, p. 564)

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